El Padre en mi vida (Ángel Galíndez)

Ángel Galíndez, Ingeniero Agrónomo. Presidente del Consejo de Administración del Banco de Vizcaya
Articulo publicado en EL CORREO Español.
Bilbao, 13–VII–75


Conocí a Monseñor Escrivá –al padre, como cariñosamente le llamábamos– en una residencia de la calle Ferraz, en Madrid, en 1935. Viví con él los años 1935 y 1936; también parte del año académico 1939–1940; a partir de esas fechas sólo le he visto oca­sionalmente. Le he conocido –sin ser socio de la Obra fundada por él–, he vivido siete años en centros universitarios por él creados: me parecen razones más que suficientes, además del cariño que le profesaba y profeso, para estas líneas. Y, antes de proseguir, reco­nozco la imposibilidad de describir ni en estas líneas ni en otras muchas la hondura de su vida y de sus obras. Pero, convencido de su importancia en la historia, quiero –al igual que, recién conocida la noticia de su muerte, intenté hacer con mis hijos –transmitir algunos rasgos de su personalidad a todos.

The Times ha destacado en su semblanza la sencillez y la natu­ralidad. Añadiría también su carácter recio, muy recio, al mismo tiempo que cariñoso. Era incansable en el quehacer; en frase gráfica diría que «hacia todas las cosas todos los días» –hasta nuestras camas, si era preciso, como le vimos más de una vez. Si la ocasión lo requería, era «un vendaval»: se lo llevaba todo por delante. En él coincidían virtudes opuestas y encontradas, aunque armónica­mente fundidas, que daban lugar a una personalidad que se imponía recia y suavemente al mismo tiempo.

Su don de la palabra era algo único. Quienes vivíamos en la pequeña residencia madrileña de la calle Ferraz asistimos al primer retiro espiritual del curso más bien por compromiso. La impresión de aquel día aún está en el recuerdo. Parecía que nos hablaba sola­mente a cada uno, como si uno fuera el único oyente. En ese monólogo de dos, de sus palabras, dichas con fuerte acento aragonés, se desprendía la convicción y la fe sobrenatural. Ya no dejamos –de asistir a los retiros.

No he conocido a nadie a quien haya visto y sentido orar tan intensamente. Y no sólo en ocasiones públicas, también en privado: por ejemplo, cuando le sorprendíamos, al llegar a la residencia, en la capilla ante el Santísimo.

Los que le hemos conocido y hemos recibido su influjo espiritual debemos mirar hacia atrás para reconocer su huella en nuestras vidas. Cuando los cristianos corrientes teníamos «techo» yo le oí hablar de santidad, de vivir plenamente la fe, pues todo cristiano es hijo predilecto de Dios. Le oí, en aquellos años, hablar del estudio y del trabajo como medios de santificación, de ser generosos en la entrega a los demás..., de tantas y tantas cosas: verdades que tuvie­ron importancia en la formación de nuestra personal visión de la vida.

Muchas veces, a lo largo de estos casi cuarenta años, he reflexionado sobre la figura del «padre», rica de contenido insondable, audaz y apostólica... Sí, he pensado muchas veces en la fe inmensa y en la audacia incontenible y en el afán apostólico del «padre», que hicieron posible que aquella pequeña casa donde viví se trans­formara en la gigantesca Obra actual. Ahora todo adquiere una nue­va dimensión trascendente: Monseñor Escrivá de Balaguer ha entrado en la Historia.

Dije al comenzar que es imposible describir plenamente la riquí­sima personalidad del «padre». Pues bien, llegado este momento del escribir, siento que es también imposible plasmar mis recuerdos o hacer un recuento de su huella en mi vida. En mi casa me animan a narrar las cosas tal y como lo hice, en un momento de emoción, al conocer la noticia de su muerte. No es posible. Además de no tener «pluma fácil», pienso que en aquella ocasión lo que les llegó a mis hijos fue el cariño de su padre al «padre», y también la con­vicción de que les estaba hablando de un ser excepcional tanto por sus dones sobrenaturales como por sus cualidades humanas, Podría contarles mil anécdotas y mil detalles más: añadiré tan sólo huno lleva toda la fuerza de su humanidad y toda la fe de su espíritu sobre­natural. Recién llegado a Burgos –hace muchos años-, nos escribió a todos los que le habíamos conocido. A mí me llegó una cuartilla encabezada con las siguientes palabras: «Ángel, Jesús te me guar­de». Estoy seguro de que Él, Dios y Hombre verdadero, le habrá guardado con infinito cariño.