Existía un abismo (Ngozi Okpara de Lagos, Nigeria)

Siempre había querido vivir una vida recta, que me llenara, pero me daba cuenta de que existía un abismo entre mi vida ordinaria y mi vida de oración. Ahora no puedo señalar la diferencia entre la oración y las actividades ordinarias: soy más consciente de la presencia de Dios, y ya no puedo mirar al mundo sin hacer nada, sino que tengo que participar activamente en lo que pasa en la sociedad. Es un desafío. Me he dado cuenta de lo que Dios me quiere y de la infinita misericordia que tiene conmigo, mi vida tiene sentido y me mueve el deseo de que otras muchas personas experimenten lo mismo.

(tomado de Cooperadores Opus Dei)

Para afrontar la enfermedad (Alberto Taddei. Mar del Plata, Argentina)

He encontrado los medios para santificarme con mis limitaciones físicas y para ayudar a otros a acercarse a Dios. He aprendido a vivir profundamente el espíritu de oración en la vida ordinaria, a estar en presencia de Dios y a apreciar los Sacramentos. Todo esto ha significado para mí una gran ayuda para poder superarme y afrontar con generosidad las dificultades que lleva consigo la enfermedad y a darles un sentido de redención. He descubierto, con alegría, que desde mi incapacidad puedo hacer mucho bien a la Iglesia y a las almas.

(tomado de Cooperadores Opus Dei)

Útil para la catequesis (Ana Ortiz. Barranquilla, Colombia)

Me da mucha alegría saber que ahora mi obligación más importante, cara a Dios, es cuidar a mi madre, que sufre una grave enfermedad y santificarme así: seguir a Cristo, atendiéndola a ella. Además, lo que escucho, me sirve para dar catequesis en la parroquia.

(tomado de Cooperadores Opus Dei)

Abiertos a la vida (Victor Wee. Médico. Nació en Kuala Lumpur y vive en Singapur)

Mi contacto con la Obra empezó a ser regular después de que un hombre joven - que estaba a punto de ingresar al seminario - nos insistió en que hiciéramos una cita con un sacerdote para charlar. Aquel encuentro fue para mí una bendición porque encontré más alegría en mi vida, en el trabajo, en la familia y en la oración. Comencé a asistir a un curso de teología - llevo ya 40 clases - que me ha ayudado a profundizar en el conocimiento de la doctrina de la Iglesia, y me ha dado ánimos y aliento. Además, a mi mujer y a mí nos ayuda en nuestro trabajo como coordinadores del Curso de Preparación para el Matrimonio de la archidiócesis de Singapur; particularmente para profundizar en el matrimonio como vocación cristiana y su apertura a la vida.

(tomado de Cooperadores Opus Dei)

Como motor para mi trabajo (Patricia Martínez. Monterrey, México)

La formación cristiana que recibo es el motor que, cada día, me impulsa a hacer el trabajo por amor de Dios, sabiendo que soy hija suya. Dirijo una academia de ballet y me he dado cuenta de que también a través de la danza como expresión del espíritu, se puede llegar a ser santo. En la academia busco formar a las niñas en disciplina, fortaleza, templanza, constancia, tenacidad. Me ilusiona ayudar a las alumnas a crecer en forma sana. Con el tiempo he constatado que estas niñas han destacado en sus estudios, y, en un futuro no muy lejano, me gustaría poder decir que también han llegado a ser virtuosas y que aman mucho a Dios.

(tomado de Cooperadores Opus Dei)

El día más feliz (Margareth Emy Tanioka. Analista de sistemas. Hija de japoneses. Vive en São Paulo, Brasi)

Durante un curso de computación, aprovechando un intervalo de clase, hablé con una de mis compañeras de mis preocupaciones. Me hacía muy infeliz ver que con frecuencia en mi profesión sólo se da importancia al dinero. Ella me habló del verdadero sentido de mi trabajo, de la posibilidad de hacerlo por Dios. Yo casi no conocía nada de Dios y menos aún del Dios de los católicos. Le hice muchas preguntas. Me dejó un libro sobre la fe, y a medida que lo iba leyendo, apuntaba mis dudas y las aclaraba en nuestros encuentros semanales. Comencé a rezar y recibí la gracia de la fe. Me bauticé a los 30 años y fue el día más feliz de mi vida. Me ha dado alegría colaborar en la instalación y puesta en marcha de Elca, una escuela para la capacitación profesional de gente joven.

(tomado de Cooperadores Opus Dei)

Para gente joven (Luciano Bazzoli. Empresario italiano)

Empecé a participar en los encuentros formativos que se organizaban en Ischia y entré inmediatamente en sintonía con lo que se decía: mi trabajo profesional como hotelero y mis ocupaciones familiares se convertían en ocasiones para estar más cerca del Señor. Esta enseñanza me ha sido muy útil. La formación me ayuda a encontrar el equilibrio entre trabajo, familia y Dios. Además, me estimula a colaborar con otros. En concreto, colaboro con el Campus Biomedico, en Roma, y con la escuela de hotelería Misenea, en Nápoles. Lo hago porque me impresionan las actividades de formación para jóvenes: veo que son un medio que les da posibilidad de crecer en su vida de fe, a la vez que aprenden a trabajar.

(tomado de Cooperadores Opus Dei)

Necesito esa formación (Liliana de Zárate madre de trece hijos. Tucumán, Argentina)

Sacar adelante un matrimonio no es fácil. A veces, pienso que yo no podría hacer frente a las dificultades propias de una familia numerosa como la nuestra, si no fuera por la fuerza que nos viene de Dios. Todos los meses trato de asistir al retiro y a la dirección espiritual. Necesito esa formación para tener presente a Dios mientras hago las cosas de la casa. Me gustaría hacerlo todo -ocuparme de mi marido, de los chicos, de lavar, barrer y cocinar- como lo haría la Virgen.

(tomado de Cooperadores Opus Dei)

Al contrario de lo que esperaba (Ulf Ekstam)

En otoño de 1996, participé en un curso en la Universidad de Helsinki, dado por un colega francés. Un día, comiendo juntos, la discusión se centró en la religión, tema que empezaba a interesarme desde hacía poco tiempo. Empezamos a vernos con más frecuencia. Este colega me invitó a un curso de doctrina cristiana y a retiros. Después de un año, me decidí a ser cooperador para poder ayudar, a mi manera y según mis capacidades. Al contrario de lo que esperaba, la formación que recibo no apunta a separar mi vida del mundo, sino más bien a aumentar mi participación activa en la sociedad y a hacer obras buenas.

(tomado de Cooperadores Opus Dei)

Un «mantenimiento» espiritual (Guillaume Fandjinou, Abidjan, Costa de Marfil)

Participo en los medios de formación por varias razones, una es porque me doy cuenta de que mi fe y mi vida espiritual necesitan un «mantenimiento» - perdón por la expresión, es que soy ingeniero -. En cuanto hay una cierta dejadez en la asistencia a esos medios, la vida interior baja. Además, me atrae el mensaje de santificarse cada día a través del trabajo, del cuidado de los pequeños detalles.

(tomado de Cooperadores Opus Dei)

Inglaterra (Mgr Richard Stork, Westminster Catholic Record)

Mgr Richard Stork, "The saint who loved England", Westminster Catholic Record, November 2002

We had rented a house in the Westminster diocese so that he could work well and be close to us. This was Woodlands in Courtney Avenue, Hampstead. The house belonged to a Jewish couple, Mr and Mrs Joseph Vegoda. There he did a great deal of writing and used it as a base to visit all parts of the country.

The day after his arrival, Tuesday, 5 August [1958], St Josemaria said Mass for the first time in England in an oratory that had been set up in the house. The Blessed Sacrament was reserved in the oratory. Each day he set aside half an hour in the morning and half an hour in the afternoon or evening for prayer. There was a fine painting of the Immaculate Conception above the altar.

I remember Ron Winstanley (who now lives in Manchester), telling me that St Josemaria said to him during a visit he paid to Woodlands, probably the following year in September 1959, that Jesus must feel very much at home in this house, because it was a Jewish home. He stayed there also in 1960. In 1961 and 1962 he stayed at another house in West Heath Road, Hampstead. As it happens, the owner of this house, Mrs Soskins, was also Jewish. She was the sister of Max and Morah Beloff.

Respeto a la verdad (Simón Hassán Benasayag, presidente de la Comunidad Israelita de Sevilla)

Simón Hassán Benasayag (presidente de la Comunidad Israelita de Sevilla en 1992), palabras publicadas en el ABC de Sevilla, el 12 de enero de 1992, pag. 40, en un artículo que llevaba como título "Respeto a la verdad":

"Parecía que ya no se podría decir nada nuevo sobre el Opus Dei y la invención del nazismo o antisemitismo del fundador alcanza las cumbres más altas de la fantasía. Por lo que me consta, el fundador del Opus Dei no habló nunca mal de los judíos; está claro que a monseñor Escrivá se le quiere identificar, aprovechando la noticia de su beatificación, con el nazismo y posturas ideológicas de este signo".
c) Ben Haneman es médico y profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad de New South Wales. Actualmente, vive en Sidney, Australia. (publicado en el folleto "Los cooperadores del Opus Dei")

"Por ser judío, creo en Dios y, por tanto, en el hombre y su espiritualidad. Cualquier iniciativa guiada por motivos espirituales más que materiales, tiene automáticamente mi ayuda. En las labores educativas promovidas por personas del Opus Dei encontré hombres y mujeres preparados que desempeñan su trabajo con este fin: inyectar vida espiritual a este mundo nuestro. Congenio muy bien con este ideal. Ser cooperador ha sido para mí una gran ayuda, mi vida se ha enriquecido y no me ha supuesto ningún problema con respecto a mi condición de judío".
d) Ana Schuster, en una carta remitida al diario La Nación, de Buenos Aires (14 enero 1992)
"Con referencia a la relación de monseñor Escrivá de Balaguer con los judíos, mencionada en una nota aparecida en La Nación el 9 de enero, querría aportar mi testimonio personal.

En 1970 viajé a Israel para visitar y pasar una temporada con mi familia. Mi madre y una hermana vivían en Tel Aviv. En Jerusalén tenía a mi hija, su marido y dos nietas, una hermana y varias sobrinas.

Me detuve unos días en Roma para asistir a una audiencia con monseñor Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, pues deseaba editar su libro 'Camino' en hebreo; estaba trabajando sobre una traducción anterior, con bastantes imperfecciones, para poder editarlo.

No bien nos sentamos, me preguntó con sumo interés por mi familia, si se encontraban todos bien y contentos. Luego me dijo: 'Yo quiero mucho a los judíos; mis tres grandes amores son judíos: Jesús, María y José. Tengo varios amigos judíos, que practican su religión, a quienes quiero muchísimo y lo mismo ellos sienten eso por mí; sé que no se convertirán'.

Elogió mucho las virtudes de mi pueblo y me repitió varias veces que debía querer mucho a los míos. Al final, me dijo que bendeciría la obra que estaba realizando".

Un rabino judío habla de Josemaría Escrivá (Angel Kreiman Brill)

Rabino Prof. Angel Kreiman Brill, Presidente de la Confraternidad Judeo-Cristiana de Chile y delegado para Hispanoamérica del International Council of Christian and Jews.

-Noticia de ZENIT: Un rabino explica las enseñanzas del beato Escrivá
Intervención de Ángel Kreiman, del Consejo Mundial de las Sinagogas


ROMA, 13 enero 2002.- ¿Qué tiene que decir un gran rabino sobre Josemaría Escrivá? Esta es la pregunta que se hicieron los participantes en el congreso internacional celebrado en Roma con motivo del centenario del fundador del Opus Dei.

Ángel Kreiman, vicepresidente internacional del Consejo Mundial de las Sinagogas, tomó la palabra en el encuentro, que se celebró del 8 al 12 de enero en Roma, para relacionar el concepto de trabajo en la tradición Talmúdica y en la predicación del beato Escrivá.

Kreiman explicó que un punto central de la religión judía es "que el trabajo no es un castigo, sino un deber del hombre, una bendición de Dios, que le permite gozar del Shabat y ser imagen y semejanza Divina".

Para el Rabino, la misma centralidad del trabajo se encuentra en las enseñanzas del beato Escrivá, "que vio desde los inicios el trabajo como la vocación inicial del hombre y una bendición de Dios".

En opinión de Kreiman, "una de las principales batallas de paz que hay que vencer es encontrar a Dios en la ocupación normal y servir con el trabajo a los demás".

El Rabino comentó que en hebreo "la palabra trabajo se aplica también para el culto religioso, de tal manera, que entendemos la adoración como trabajo santo y al trabajo mismo como santa adoración". Algo similar a lo que sucede en las enseñanzas de Escrivá, "que no se cansaba de repetir la necesidad de convertir cualquier trabajo en oración".

Rabino Jefe de Chile desde 1970 hasta 1990, Ángel Kreiman es miembro del Comité Ejecutivo de la "International Council of Christians and Jews", y desde 1994 preside una fundación educativa para la promoción del diálogo interreligioso y para el estudio conjunto judeo-cristiano.

La fundación tiene el nombre de su mujer, Susy Kreiman, asesinada en el atentado terrorista de julio de 1994 en Buenos Aires, contra la oficina central para el trabajo y el desempleo de la comunidad judía, que ella misma dirigía.

El pasado mes de agosto, Kreiman fue elegido en Alemania miembro del Ejecutivo de la Confraternidad Judeo-Cristiana Internacional, y es el único latinoamericano en este organismo.

El Gran Rabino, que es cooperador del Opus Dei, quiso manifestar su especial afecto por la institución fundada por Josemaría Escrivá diciendo en el Congreso: "personas del Opus Dei me han ayudado, desde los inicios de mis estudios en el seminario, a ir adelante con mi vocación, y así he visto hacerlo con otros rabinos y estoy profundamente agradecido".

En su opinión "son muchos los conceptos del beato Josemaría que evocan la tradición Talmúdica, que muestran su profundo conocimiento judío y su amor apasionado, como él decía, por Jesús y María", pero lo que más acerca indudablemente sus enseñanzas con el Judaísmo religioso "es la vocación de servir a Dios por medio del trabajo creativo y perfeccionar cada día la Obra del Creador a través del perfeccionamiento del hombre en su trabajo".

El Rabino manifestó su especial alegría por el encuentro interreligioso de oración por la paz del próximo 24 de enero en Asís, añadiendo que "todo momento de oración conjunta y de diálogo interreligioso es siempre necesario". Encuentros como éste --añadió-- "nos ayudan a recordar frecuentemente que el Padre es común".

Al final de su intervención llamó la atención sobre la necesidad de que cristianos y hebreos "trabajemos juntos en favor de las principales causas de la humanidad: orden social, pobreza y desocupación, droga, hambre, lucha al consumismo vacío de espiritualidad" y deseó que "trabajando juntos y orando cada uno según su tradición lleguemos unidos a la mesa del Padre".

Los judíos (Henk Wolzak)

Testimonio de Henk Wolzak, publicado en el diario Trouw, de Amsterdam (16-I-2002)

Seis Millones


Del retrato que se hace del reaccionario fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá, no se puede deducir que fuese antisemita, aunque diga que el exmiembro Vladimir Feltzman, que Escrivá hasta su muerte mantuviese que, bajo Hitler, no se mataron seis sino "sólo" cuatro millones de judíos (Religión y filosofía, 9 de enero). Escrivá murió en 1975.

El número de seis millones de víctimas del holocausto ha sido siempre un número simbólico. En 1979 publicó Wermer Rings un estudio 'Leben mit dem Feind, Anpassung und Widerstand in Hitlers Europa 1939-1945'. En él habla sobre 4.238.770 judíos asesinados. En 1980 Martin Gilbert, en su 'Atlas of the Holocaust', hace una estimación de 5.750.000 muertos. En mayo de 1991 publicó el Institut für Zeitgeschichte de Munich una investigación, sobre la persecución de los judíos, de un grupo internacional de catorce historiadores. En él se calcula que hubo 5,8 millones de víctimas. El número usado de seis millones es, pues, bastante exacto. Se podrán decir muchas cosas sobre Escrivá como autoritario, pero no se le puede imputar de antisemita con base en la afirmación de Feltzman.

El totalitarismo y el Opus Dei (Amadeo de Fuenmayor)

Testimonio de Amadeo de Fuenmayor, catedrático de Derecho Civil y Derecho Canónico, publicado en el libro de Pilar Urbano "El hombre de Villa Tevere", Planeta, 1995, pag. 119:

Amadeo de Fuenmayor, después de afirmar que la actitud de Escrivá, "condenatoria del nazismo, fue terminante", aporta una extensa relación de "expresiones referidas a Hitler y a su sistema racista, que le hemos escuchado en múltiples ocasiones". Entre otras, las siguientes:
-Abomino de todos los totalitarismos
-El nazismo es una herejía, aparte de ser una aberración política.
-Me dio alegría cuando la Iglesia lo condenó: es lo que todos los católicos llevábamos en el alma.
-Todo lo que es racismo es algo opuesto a la ley de Dios, al derecho natural.
-Sé que han sido muchas la víctimas del nazismo, y lo lamento. Me bastaba que hubiera sido una sola -por motivo de fe y, además, de pueblo- para condenar ese sistema.
-Siempre me ha parecido Hitler un obseso, un desgraciado, un tirano.

Fascismo y nacismo (Pedro Casciaro)

Testimonio de Pedro Casciaro, uno de los primeros del Opus Dei, publicado en el libro de Pilar Urbano "El hombre de Villa Tevere", Planeta, 1995, pag. 118:

"Respecto al fascismo y al nazismo, no hubo caso de enfrentamientos, ya que el Opus Dei comenzó su labor estable en Italia y Alemania cuando esos regímenes ya no gobernaban. En una ocasión le oí hablar [a Josemaría Escrivá] con admiración del cardenal Faulhaber, que había tenido la valentía de publicar unas conferencias de adviento en la catedral de Munich, durante el nazismo".

Racismo, totalitarismo y nacionalismo en Josemaría Escrivá (Mario Lantini)

Testimonio de Mario Lantini, uno de los primeros italianos del Opus Dei, publicado en el libro de Pilar Urbano "El hombre de Villa Tevere", Planeta, 1995, pag. 118:

"Per lui non era concepibile il partito único (...) era quindi contra ogni
totalitarismo, razzismo, nazionalismo, ecc."

Comunismo y el nazismo (Álvaro del Portillo)

Testimonios de D. Álvaro del Portillo.
-"Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei", Ed. Rialp, Madrid, 1993, pp. 34-37:


-A propósito de los derechos del ciudadano, la enseñanza del Fundador es muy clara también en lo que se refiere al ejercicio de las actividades políticas. Los miembros del Opus Dei, en política como en otras actividades temporales, tienen la misma libertad, los mismos derechos y deberes que los demás ciudadanos católicos. Es un aspecto que no fue a veces bien entendido, especialmente a causa de la situación española. ¿Podría recordar algunos sucesos, comenzando por la postura del Fundador ante el comunismo y el nazismo?
-Por lo que se refiere al comunismo y al marxismo, el Padre fue siempre fiel a las clarísimas enseñanzas del Magisterio eclesiástico sobre estas ideologías. Y expresó en público su postura, cuando lo exigieron las circunstancias; su oposición no era fruto de las dificultades que sufrió personalmente bajo la dictadura comunista en España -había perdonado desde el primer momento-, sino que se fundamentaba en el ateísmo y en el carácter inhumano y antirreligioso de esta doctrina (...).
Al final de los años treinta, después de haber vivido la triste experiencia de la guerra civil, la mayor parte de los españoles alimentaba una fundada prevención contra el comunismo. No sucedía lo mismo con el nazismo: es más, la propaganda oficial, por un motivo o por otro, no sólo silenció los crímenes del nacionalsocialismo, sino que prohibió en España la publicación del documento pontificio que lo condenaba. Por esto, nuestro Fundador tuvo que pronunciarse más de una vez contra el nazismo en su ministerio sacerdotal. Precisamente porque en algunos ambientes oficiales españoles se miraba con simpatía al régimen alemán, se sintió en el deber de poner en guardia a los que se olvidaban de las aberraciones de aquella ideología: no sólo criticaba su totalitarismo, sino también la persecución y las discriminaciones a los católicos, a los hebreos, etc., y el tono de paganismo que caracterizaba el racismo nazi. Se prodigó en dar a conocer el contenido del documento pontificio de condena, y en difundirlo privadamente.
-Sin embargo, algunos periódicos, hace poco, aunque se desmintió inmediatamente, hablaron de una "simpatía" del Fundador hacia el nazismo.
-Es una aberración que se descalifica por sí sola (...). Un inciso: cuando suceden cosas de este tipo, seguimos viviendo el criterio que nos dejó el Padre: perdonar desde el primer momento, rezar por los calumniadores, reafirmar la verdad, y, siempre, "ahogar el mal en abundancia de bien", persuadidos además de que la verdad acaba siempre abriéndose paso. (...)
-Es un testimonio incontrovertible que confirma los dictados del sentido común...
-Lógicamente, el Padre distinguía entre el nazismo y el pueblo alemán. Precisamente porque sentía un particular cariño hacia aquella nación -era un sentimiento heredado de su padre-, le dolía muchísimo verla sometida a aquella dictadura aberrante. Su pena se acrecentaría al estallar la Segunda Guerra mundial.

Antisemitismo (Francesco Cossiga, presidente de Italia)

Testimonio de Francesco Cossiga, presidente de Italia, difundido por el Ufficio Informazioni della Prelatura dell'Opus Dei en Roma (9-I-92):

"Es ridículo e históricamente falso atribuir al fundador del Opus Dei sentimientos antisemitas. Mons. Escrivá tuvo particular aprecio al pueblo hebreo y era proverbial su amor y defensa de la libertad y su rechazo de cualquier forma de totalitarismo".

Nazismo (Domingo Díaz Ambrona)

Testimonio de Domingo Díaz Ambrona, ingeniero de Caminos y abogado (9-I-1992), publicado en "Entrevista sobre el fundador del Opus Dei". Álvaro del Portillo. Madrid, 1993, pp. 34-37:

"Con fecha 9 de enero de 1992, Domingo Díaz-Ambrona me escribía desde Madrid: "Conocí al futuro beato en el transcurso de la guerra civil española. Durante ese periodo, me encontraba que refugiado, junto con mi mujer, en la embajada de Cuba, y estando allí se cumplió el tiempo del parto de nuestra hija Guadalupe, que nació el 3 de septiembre de 1937 en el Sanatorio Riesgo, ahora inexistente, que estaba entonces bajo protección de la bandera inglesa. Por las circunstancias que atravesaba el país no la podíamos bautizar, y así se lo comuniqué a un buen amigo mío, José María Albareda.

"Pocos días más tarde, José María Albareda me dijo que un sacerdote amigo suyo vendría en una determinada fecha a administrarle el bautismo. Confiado en la protección que nos ofrecía la bandera inglesa del sanatorio, invité al acto a los padrinos y a varios amigos más. El sacerdote se presentó a las cinco de la tarde, dos horas antes de la hora prevista, y estuvo el tiempo justo para bautizarla. Fue todo tan rápido, que ni siquiera le preguntamos el nombre. Más tarde supe que se trataba de Mons. Escrivá. Su comportamiento fue una lección de prudencia para todos en aquellos momentos difíciles. Yo intenté que se quedara, pero me comentó: 'Me necesitan muchas almas'.

"Durante ese periodo, por lo que he sabido después, aunque no contaba más que con una precaria documentación y el clima social y político era muy peligroso para un sacerdote, desarrollaba una intensa labor apostólica: confesaba a muchas personas -con peligro de su vida muchas veces-, daba cursos de retiros cambiando constantemente de sede y atendía a un grupo de religiosas que sufrían los efectos de la persecución.

"Pero en aquel entonces yo no sabía, por las circunstancias citadas, de quién se trataba. Lo supe más tarde, durante un encuentro casual en el tren, en la línea Madrid-Avila, en el mes de agosto de 1941. Viajaba con mi mujer y mi hija de cuatro años cuando don Josemaría, al vernos, nos reconoció, entró en nuestro departamento y nos dijo: 'A esa niña la he bautizado yo'. Nos saludamos, me dijo su nombre y estuvimos hablando de la situación histórica que atravesábamos. Nos encontrábamos en un momento decisivo de la historia de Europa: recuerdo que yo tenía un gran deseo de llegar cuanto antes a las Navas del Marqués, para saber por la radio como iba el avance de las tropas alemanas en territorio ruso.

"Yo le comenté que acababa de regresar de un viaje a Alemania y había podido captar el miedo de los católicos a manifestar sus convicciones religiosas. Esto me había llevado a recelar del nazismo; pero, como a muchos españoles, se me ocultaban los aspectos negativos del sistema y de la filosofía nazi, deslumbrados por la propaganda de una Alemania que se presentaba como la fuerza que iba a aniquilar por fin al comunismo. Y quise saber su opinión.

"Por todas esas razones que acabo de exponer me sorprendió profundamente, en aquellos momentos, la respuesta tajante de aquel sacerdote, que tenía una información muy certera de la situación de la Iglesia y de los católicos bajo el régimen de Hitler. Mons. Escrivá me habló, con mucha fuerza, en contra de ese régimen anticristiano, con un vigor que ponía de manifiesto su gran amor a la libertad. Hay que hacer notar que no era fácil encontrar en España, por aquel entonces, a personas que condenasen con tanta contundencia el sistema nazi y que denunciasen con tanta claridad su raíz anticristiana. Por eso, esa conversación, en aquel preciso momento histórico, en el que no se conocían aún todos los crímenes del nazismo, se me quedó profundamente grabada.

"Tiempo más tarde le comenté a mi amigo José María Albareda este encuentro y supe que había estado conversando con el Fundador del Opus Dei.

"Yo no soy del Opus Dei, pero mi experiencia personal me permite afirmar que quien sostenga una opinión contraria sobre el pensamiento en este sentido de Josemaría Escrivá de Balaguer no busca más que empañar inútilmente la vida santa de este futuro beato, que era un gran enamorado de la libertad".

Un apoyo para mi vida cristiana (Daniel Becanty procede de la región de Bouaké, Costa de Marfil. Comisario de policía)

En 1992 me invitaron a una Misa con ocasión de la beatificación de Josemaría Escrivá. Luego empecé a asistir a los medios de formación y a darme cuenta de lo que significa la vocación cristiana. Deseo colaborar para que estas actividades se desarrollen más. Personalmente, he encontrado un gran apoyo en la dirección espiritual. Fue un gran descubrimiento conocer la posibilidad de santificar el trabajo. También el espíritu de oración y la importancia del apostolado; que no se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de aprovechar las relaciones familiares, profesionales, etc. para dar a conocer el mensaje de Cristo.

En el ajetreo cotidiano (Ilaria Tolossi. Estilista)

Los medios de formación me han ayudado a acercarme a la Iglesia y a sacudirme la pereza. Los podría describir como momentos de crecimiento espiritual en los que logro distanciarme lo necesario del ajetreo cotidiano para volver luego, con más ilusión, a afrontar el trabajo, la familia y la relación con mis amigos. En cualquier actividad formativa, he encontrado siempre un clima de serenidad y de disponibilidad que mueve a cada uno a dar lo mejor de sí mismo.

(tomado de Cooperadores Opus Dei)

Estoy afiliado a un partído político (Heinrich Popella vive en Colonia, Alemania. Ha sido director de una escuela pública de enseñanza secundaria)

Un amigo me llevó a los retiros hace más de 20 años. Desde entonces, la relación se fue haciendo cada vez más estrecha. Actualmente soy cooperador. Me entusiasmó el objetivo: cumplir todos los deberes ante los ojos de Dios e intentar hacerlo de tal modo que se le puedan ofrecer. Este espíritu ha marcado toda mi vida: mi familia, mi actuación profesional, mi labor como miembro del consejo pastoral de mi parroquia, y, durante muchos años, mi trabajo como afiliado a un partido político. En este partido -que no defiende preferentemente posiciones cristianas- actué siempre bajo mi exclusiva responsabilidad; y durante ese tiempo aprendí a estimar de manera especial la libertad en materias políticas que es connatural al Opus Dei.

(tomado de Cooperadores Opus Dei)

Hablo de Dios a los jóvenes (Jean-Marc Denizet tiene un negocio de bebidas en Marsella, Francia)

Me interesa conocer el mensaje del Evangelio con toda su autenticidad. También me ayuda saber que hay gente que reza por mí todos los días. Es otra manera de sentirme apoyado en mi vida profesional y familiar. Desde que procuro ver a Dios en los acontecimientos y en las personas, intento hacer bien mi trabajo y aprovechar mis contactos con jóvenes que trabajan conmigo en temporadas, para hablar con ellos, hablarles de Dios.

(tomado de Cooperadores Opus Dei)

Colaboro buscando fondos (Joseph Griffin es actor de cine. Vive en Toronto, Canadá, con su esposa y sus cinco hijos)

Cuando estaba en el colegio participé durante unos años en actividades para estudiantes en Montreal. Así conocí el Opus Dei. A los 31 años volví a interesarme por la dirección espiritual que ofrecía la Obra y las puertas de la fe se comenzaron a abrir para mí. Colaboro buscando fondos para financiar actividades apostólicas. Ser ccoperador me ha ayudado en mis luchas por vivir la presencia de Dios. La Santa Misa diaria, el retiro mensual y el círculo son el ealimento de mi vida espiritual; me impulsan a tener mayor intimidad con Cristo y a tratar de hacer lo que Él espera de mí en cada momento. En una palabra, han traído "unidad" a mi vida. Quiero añadir que, aunque no conocí a san Josemaría, no hay día en que no oiga que me dice, animándome: "¡Vuelve a empezar, Joseph!"

(tomado de Cooperadores Opus Dei)

Por su repercusión social (Faysal El-Khalil es musulmán y vive en Nigeria. Trabaja como ejecutivo en una empresa multinacional)

Me atrajo de Lagos Business School el compromiso con la educación y su empeño por dar una fundamentación ética a todos los quehaceres, también al mundo de los negocios. Sin valores éticos los miembros de una sociedad no pueden progresar. Por esto acepté formar parte del Advisory Board de LBS. Sé que esta escuela, dirigida a empresarios nigerianos, tendrá una repercusión social tremendamente positiva pues su objetivo es hacerlos más eficientes en el servicio que prestan a sus empresas y al país.

(tomado de Cooperadores Opus Dei)

Había que hacerlo (Eliana Gaete es directora de la Escuela de Enfermería de la Universidad de Los Andes)

Cuando en 1991 me propusieron elaborar un proyecto para la creación de la Escuela de Enfermería de la Universidad de Los Andes me pareció que "había que hacerlo", aunque sabía que supondría esfuerzo y mucha dedicación. Por entonces, era profesora en otra universidad. A lo largo de estos años he comprobado que una labor apostólica como ésta, necesita de trabajo, pero lo que la mantiene, la hace crecer y la vivifica es la oración.

(tomado de Cooperadores Opus Dei)

Una vida, un camino y una herencia (Eduardo Zaragüeta)

Eduardo Zaragüeta, O. S. A.
LA VOZ DE ESPAÑA
San Sebastián, 8–VII–75


Ha fallecido don Josemaría Escrivá, fundador y presidente general del Opus Dei. La noticia ha llenado las primeras páginas de los periódicos de medio mundo, porque en setenta países más de setenta mil cristianos de toda condición social le llamaban y le amaban como a padre.

Monseñor Escrivá era, antes que todo, un sacerdote de Cristo, exclusivamente de Cristo y para la Iglesia entendida como tarea de servicio en la cooperación, la cordialidad y el esfuerzo cotidiano. Para otros queda la honrosa tarea de divulgar su rica y generosa biografía. Sólo queremos resaltar aquí el hecho de que su espiri­tualidad adaptada a nuestro tiempo redescubrió el valor de normal, lo oculto e intrascendente como medio eficaz de acercamiento a Dios y, en definitiva, de santificación. Su obra, como interpretación del deseo de Dios, tiene y tendrá contradictores y defensores, pero, como todo empeño grande, no pasará indiferente. Tratar de cris­tianizar y santificar desde dentro las estructuras de nuestro mundo, en lo social, lo político, lo económico, lo artístico, lo familiar es una estrategia audaz que molesta a los demoledores de lo limpio, porque es dar en la diana de los aconteceres que mueven el mundo. Si esta tarea se realiza, además, con eficacia de medios humanos y con amorosa fidelidad al magisterio de la Iglesia y con amor a la tradición vital en tiempos de echarlo todo por la borda y de vul­garizaciones hasta en el culto, entonces esa actitud es una predi­cación, pero también un justo reproche. Matrimonios felices, sacer­dotes ensotanados, limpios, bien plantados y con una o más carreras civiles, además de la eclesiástica, competentes en el medio en que se desenvuelven, solventes, es algo que molesta a muchos sociali­zantes, apostoleadores de taberna y que perdieron la brújula de su vocación.

La vida de Monseñor Escrivá marcó un camino y deja una herencia de espiritualidad en marcha pujante en estos momentos cruciales de la Iglesia y de la humanidad. Los agustinos sabemos de su carácter y de su sencillez cordial cuando dio ejercicios en el monasterio de San Lorenzo el Real, de El Escorial. Escrivá amaba a San Agustín y la rica tradición de la Orden que él fundara hace dieciséis siglos, en circunstancias muy parecidas alas actuales. Fray José López Ortiz, vicario general castrense, agustino, arzobispo de Grado, vivió muy de cerca las vicisitudes y los anhelos fundacionales de Monseñor Escrivá. Era un corazón abierto y exquisito. Esta es la palabra. Exquisitez en un trato nunca clasista ni remilgado, sino vivo de la vivencia evangélica y ardoroso ante las exigencias de la humanidad y de la Iglesia.

Los funerales fueron sencillos, pero solemnes. Latín y grego­riano. En el cálido verano romano de los Santos Pedro y Pablo, en el corazón de la cristiandad. La muerte fue un salto a la eternidad feliz, no le hizo sufrir. Su tarea continúa con mayor eficacia junto a Dios, cara a cara con Él.

La Iglesia pierde en la tierra, la Iglesia militante, un gran peón que, en este caso, es semejante a decir un santo vibrante y sin com­plejos de ser lo que es por deseo de Dios y para el servicio de la fe cristiana.

Descanse en paz Monseñor Escrivá, fundador de la «Obra de Dios».

La muerte de un gran aragonés (José María Zaldívar)

José María Zaldívar, periodista
Artículo publicado en EL NOTICIERO
Zaragoza, 27–VI–75

Escribo, todavía sorprendido por la noticia. Siento que escribo con mi dolor aragonés. La figura de Josemaría Escrivá de Balaguer está, y estuvo siempre, por encima de ciertas mezquindades de los hombres; los que gustan de enjuiciar lo ajeno con su propia impotencia de no saber amar. La trayectoria del barbastrino no tiene otro motivo en sus años vitales que una sed ardiente de volar con los brazos abiertos a una suma capacidad de comprensión, de acer­camiento al prójimo, de existir, sabiéndose en la existencia de los demás.

Acertó a vivir nuestra hora confusa con los ojos iluminados por la fe. Como un almogávar abrió fronteras; como un José Pignatelli dio lecciones de fidelidades romanas; cinceló homilías con la ele­gancia argensolesca en los sonetos; y el fuego lo transmitió a su Obra con las propias brasas que, como a San Lorenzo, manos avie­sas, si no a su carne sí a su corazón, aplicaron con injusticia de sayones.

Nada hay más óptimo en la vida que recorrer caminos llevando un acicate de promisión. Él supo de ese júbilo caminante. Y lo hizo acertando a no cambiar de bastón. El que recibió a su ministerio, el que no precisa de permutas peligrosas. Hoy, que tantos bordones quiebran y desfloran, qué beatitud continuar renovándose como la vara bíblica, sin perder el perfume ni la flor.

Yo no he pertenecido a su Obra. Pero, como católico, toda obra hacia Dios merece mi respeto, mi apoyo y mi lealtad. Hay quien murmura por ahí, juzgando por hechos muy personales la totalidad espléndida de la Obra del aragonés. También yo podría testimoniar que en mi propia vida me he encontrado con hombres del Opus Dei, ejemplos ciertos de una cosecha espiritual del sembrador. Y, entre todos los hallados, él.

Cuando Josemaría Escrivá viene a Zaragoza, en octubre de 1960, para tomar la investidura en la universidad, yo llevaba unos días sin poder acercarme a los micrófonos en mi diaria emisión. Un gran dolor íntimo -la inesperada muerte de mi hermano- me tenía en un hundimiento total. Acudí aquella mañana a la fiesta en el Paraninfo de Medicina. Jamás vi en actos similares mayor concurrencia, entusiasmo, recepción de gentes que de toda España habían llegado a acompañar a Monseñor. Él entró –lo recuerdo-, sencillo, abstraído de toda vanidad humana; sonriendo familiar. Comprendí, al verle cruzar aquella vía académica, que él nos demos­traba –autor de Camino- su propio camino y su peculiar forma de caminar. La sencillez, la que engendra la paz en diafanidad de criterios; la rigurosidad suave que se puede crucificar con sonrisas. La mejor forma a estos días del mundo, de poder estar en él sin perder por ello nuestra legitimidad.

Tanto me conmovió que, alzando ánimos, aquel mediodía volví a ser voz en la radio, a base de olvidar mis penas, contando la alegría del altoaragonés. Él, que lo supo, mandó a buscarme. Me hallaron y a toda prisa acudí a la cita privada con él.

El diálogo entre ambos lo he conservado para mí solo. Recuerdo bien su abrazo y su ánimo en mí. Me dio su bendición y su encargo para siempre. Y lo guardo, por él escrito, en el pequeño ejemplar de Camino, en férvido latín. «Todo sea para bien». Me ha corres­pondido en la vida, como a todo mortal, sufrir desde 1960 tantas cosas que pocos sabrán... Pero ahí estaban las palabras de Josemaría Escrivá de Balaguer, como lección.

Ha venido a morir súbitamente. Pero todavía le quedaba el regusto de aquella jornada en su ciudad de origen. ¡Qué bien hizo Barbastro no cejando en la celebración del homenaje! Hubiese sido penoso, que esta muerte nos hubiese impedido ser, por muy pocas veces, agradecidos a los que no se olvidan de su propio solar. Y su ciudad sí supo serlo. Ahí queda, entre las alturas y los fondos de los remansos de las aguas, la soberbia perspectiva de Torreciu­dad. Una obra que se asienta, para acoger al mundo espiritual, en nuestra propia tierra de Aragón.

A Monseñor podrá discutírsele, pero no afrentándolo. Se podrá discrepar, pero, asimismo, reconocer los méritos que sus años de empresa religiosa han dado a su trascendente menester. Sus actos ahí quedan -como él mismo me contó aquel día- intentando abra­sar el mundo con el fuego de Cristo. Porque para su concepto, había que pegar el fuego de Cristo a todos, olvidándonos nosotros, sus portadores, de nuestra comodidad.

Monseñor ha muerto de pie; caminando le sorprendió la muer­te. Caminando ya sin los pies en tierra, a estas horas en que escribo, yo bien sé que sus pasos habrán remontado Cinca arriba, buscando esa imagen amada, ¡su Virgen altoaragonesa de Torreciudad!

Una trayectoria espiritual (Adolfo S. Tortolo)

Mons. Adolfo S. Tortolo, Arzobispo de Paraná. Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina
Artículo publicado en LA NACIÓN
Buenos Aires, 1–VII–76


En Roma primero, en Buenos Aires después, traté a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. Los contactos fueron pocos pero profundos. Ambos queríamos conocernos, y a Dios gracias nos hemos conocido.

EL HOMBRE
La contradicción es herencia de todo aquel que quiera imitar y seguir a Jesucristo. Es realidad en los grandes hombres; más rea­lidad aún en los grandes santos.

Toma formas diversas y no siempre es tumultuosa y ostensible. No es raro puntualizar «la sorda contradicción» de alguien. No siempre proviene de los malos; muchas veces proviene de los bue­nos, y hasta de los mismos santos.

Pero también hay personas que están predestinadas a ser el blan­co de una profunda y larga contradicción. Dios nos precisa a todos, aun con los defectos que tengamos, para realizar las maravillas de su gracia. ¡Qué útiles les fueron al Señor el odio de Saulo y los peca­dos de Agustín!

Pero ocurre esto especialmente con los grandes caracteres o con esos santos sobre quienes pareciera que Dios asentara la historia en un determinado momento.

Los grandes caracteres como los violentos espirituales no pue­den no chocar y no pueden no convertirse en signos de contradicción.

Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer fue un gran carácter, un gran corazón, una gran voluntad, una gran riqueza humana. Su si fue siempre sí, su no fue siempre no. Surgido el Opus Dei se agrandó el horizonte espiritual y se hizo más intensa la contradic­ción de los hombres, sobre todo de los buenos.

El Opus Dei creció demasiado pronto y demasiado alto. No le cabía esconderse bajo la mesa, por cuanto la luz estaba puesta sobre la montaña. Imposible no despertar sospechas, sobre todo en quienes sólo conocían el Opus Dei desde lejos, corticalmente, rodeados de prejuicios.

También un día Jesús se vio envuelto en la misma trama del «rumor» maldiciente. Y se opinó y habló sobre Él mediante juicios marcadamente opuestos.

Monseñor Escrivá de Balaguer conocía demasiado bien el trato preferencial de Dios con sus elegidos. Y aceptó con entereza las regias del juego del accionar de Dios y del accionar con Dios.

Supo aprovechar todo: lo bueno y lo malo. A las críticas surgidas respondió con la hermenéutica del discernimiento sobrenatural. Esas mismas criticas, pasadas por el filtro de la gracia y de la luz de Dios, le fueron útiles para ajustar vocablos, para precisar obje­tivos, pero sobre todo lo afirmaron en la perenne tensión de agradar a Dios y de cumplir su voluntad.

Esas mismas críticas tuvieron la virtud de provocar las fuerzas latentes, ocultas en el fondo del alma, como le ocurriera a Moisés con la roca en el desierto.

Su personalidad se fue robusteciendo hasta hacer de él un hombre monolítico. Por eso a la Obra pudo imprimirle una excepcional con­sistencia, que se traduciría muy pronto en una gran expansión y en no menor profundidad.

A lo largo de este proceso, en medio de cuya complejidad se dejó siempre trabajar por Dios, fue cristalizando lo que sería su vocación personal y su carisma: servir mandando, concretamente como padre, como reflejo de la paternidad divina.

Logró así un interior indiviso que, al acumular fuerzas, se volcó a cada uno de los objetivos con seguridad, con firmeza, con eficacia.

Por otra parte, fue por fuera lo que fue por dentro y a la inversa. Siempre dueño de sí mismo.

Era lógico que no todos descubrieran su perfil humano, como su perfil sobrenatural, y no acertaran a ver en plena luz al «homo Dei». Pero también es cierto que Monseñor Escrivá de Balaguer nunca tuvo interés en proyectar popularmente su persona. La popu­laridad –tentación fácil– no llegó a morderle por dentro.

Juzgándolo dentro de nuestra época -dentro del mundo actual- podríamos definir su persona como el hombre que no tuvo compromiso alguno, excepto el de amar a Dios y darse por entero a Él; bien determinado a servir a los hombres, como exigencia del amor de Dios.

Esta unidad de objetivo despertó en él la voluntad de amar a Dios a lo grande, buscando siempre lo mejor, dentro de una profunda libertad de espíritu.

Su personalidad eclesial fue hondamente marcada por su con­ciencia y su experiencia personal del Cuerpo Místico. Fue hombre de Iglesia y la amó apasionadamente, cuyo rostro visible fue el Papa, al que quiso servir como al mismo Cristo, cualquiera fuere su nom­bre. Su piedad sacerdotal fue piedad doctrinal, hacia la cual orientó y nutrió no sólo su espíritu, sino también el de todos aquellos que aceptaran su dirección.

El don de su libertad interior, la firmeza de su juicio y la pre­ferencia por el trato directo se debió en parte a su estirpe hispana.

Ignoro qué le dio su tierra, cuál fue el aporte que el pasado le traspasara congénitamente, cuáles fueron los imponderables que con más vigor actuaron sobre él. Pero es indudable que el alma cristiana de Occidente le transfundió la necesidad de convertir la propia vida en una aventura, jugándosela por un ideal.

Camino -uno de sus libros- es la expresión clara de una pode­rosa y envidiable energía interior, de su incapacidad para cualquier componenda, pero también de su capacidad para convertir en rea­lidad lo que humanamente es imposible.

EL CARISMA
El carisma es una gracia, es una realidad sobrenatural. Es cali­dad y cualidad teológicas. Es dado a un hombre en beneficio de la comunidad eclesial. Su número es infinito, porque Dios es ina­gotable y lo son también sus dones.

Los carismas son irrepetibles como es irrepetible la persona humana, portadora y agente del carisma, comunicado gratuitamen­te al hombre, al cual instrumenta en vista a la eficacia del carisma. Don de Dios por medio de los servidores de su Reino, de los ope­rarios de su Viña, de los constructores de su Iglesia.

El carisma compromete al poseedor. Debe cultivarlo. Pero, sobre todo, debe proyectarlo límpido y total sobre la Iglesia.

El carisma actúa en la dirección que le es propia por su disposición divina. Normalmente, por su propio dinamismo, el carisma pasa al acto y tiende a producir sus frutos.

Estas expresiones configuran un don de Dios dado a la Iglesia –o a los hombres- por el ministerio de otro hombre, y cuyo carácter misterioso exige una constante fidelidad al Espíritu Santo.

Monseñor Escrivá de Balaguer fue poseedor de muchos caris­mas. Pero uno lo fue en grado eminente. Intuyó a Cristo y al hom­bre, la vida humana y la vida divina, el fluir de la Historia y la recrea­ción del mundo. Dios que sigue trabajando y el hombre incitando a trabajar con Dios.

Intuyó las posibilidades infinitas del amor cuando desciende del Corazón de Dios y asciende y retorna a Dios pasando por el corazón de los hombres.

Intuyó todos estos elementos no separados, sino orgánicamente fundidos en una síntesis sobrenatural que quiere actuar desde el interior de cada hombre.

Y vio entonces a la luz de la fe que todo esto es parte primordial de la tarea, del trabajo que Dios se ha impuesto a sí mismo. Es el Opus Dei en una doble acepción: Dios es poseedor y es «factor». Es la obra -el opus– que Dios posee, y es la obra –el opus– que Dios realiza.

Vio entonces con meridiana claridad que cada hombre, como toda sociedad humana, está llamado a compartir la tarea de Dios trabajando con Él codo a codo.

Y penetró más hondamente aún. Sólo es posible trabajar juntos –Dios y el hombre–, participar de su tarea, si hay santidad. Dicho de otro modo: para participar de la acción de Dios hay que par­ticipar de su vida. Y participar de su vida sólo es posible por la adhesión vital a Dios y por la unión con Él: Adhesio Deo et unio cum Deo.

«Aprehendió» la intuición y, sin vacilar, se dejó guiar por el impulso de la gracia; y el Espíritu de Dios le certificó internamente que su misión sería dinamizar a los hombres –a cualquier nivel– hacia la recristianización y transformación del mundo, pero desde dentro del mismo mundo. Vio con absoluta claridad y certeza que sólo hombres renovados podrían renovar el mundo y entendió tam­bién con absoluta claridad que la renovación de estos hombres se llama santidad.

Quedaron definitivamente fijas y ciertas estas dos realidades. santificar a los hombres para darle gloria a Dios. y por medio de estos hombres transformar el mundo sin sacarlos de él. Dios te pre­cisa en el lugar que te ha puesto, parece ser la consigna permanente de Monseñor Escrivá de Balaguer para todo adherente a la obra.

El carisma se le hizo carne, y se puso en manos de Dios, ansioso de ser él el primer trabajador por Dios en su nueva visión de la vocación cristiana.

Y Dios puso su firma a través de los hechos. Y los hechos reveladores son los siguientes: un hombre de un solo canto, en cierto modo hombre de piedra, de firmeza desusada, conversador con Dios, solícito y preocupado por los hombres, exigente amigo de la verdad, y de su plasmación en grandes ideas y en grandes obras, aferrado a principios –puestos hoy en duda o margina­dos–y ver a este hombre, a este sacerdote, convertido en padre de incontables hijas e hijos a los que ha venido traspasando su propia alma.

Más aún: conoció el valor y la promesa que en sí misma lleva el alma de un joven, su generosidad, su idealismo, su coraje. Pero conoció también la inestabilidad del joven, el tumulto de las con­cupiscencias, las flaquezas del corazón.

Y sin embargo, por instinto sobrenatural, por impulso del caris­ma recibido, Monseñor Escrivá de Balaguer apuntó al joven, a quien, en un acto de amor sobrenatural, le exigió todo. Y los jóvenes le respondieron sí.

Monseñor Escrivá de Balaguer, tomando el camino inverso al que tomaron muchos otros, pidió siempre mucho a quienes qui­sieron seguirle. Y el método fue eficaz: los jóvenes le dieron mucho, le dieron todo. Por eso el sí de los jóvenes ha tenido una desconocida eficacia: son muy pocos los que vuelven los ojos atrás.

De su constante conversación con Dios aprendió Monseñor Escrivá de Balaguer a preocuparse de veras por los hombres. Conoció el valor de las élites actuando de fermento en la masa. Y mientras se empeñó en la formación de cada persona humana, se empeñó en darle claro estilo, contenido y forma de vida auténticamente evangélica y eclesial.

Por último, quisiéramos añadir lo siguiente: Dios sigue traba­jando. Su tarea quedará preferentemente oculta hasta el final de los tiempos. Dios sigue incesantemente operando. Abarca todo este tan complejo universo. Quiere el Señor restituir a este mundo aque­lla nobleza divina con que saliera de las manos de Dios, y cuyo exponente fue el hombre.

El Opus Dei es de Dios y no de Monseñor Escrivá de Balaguer, como nos diría él mismo. Quienes lo integran quieren diluirse en este constante quehacer de Dios. A través de Cristo y por su inser­ción en él, quieren hacer suyas las preocupaciones y afanes del Padre Celestial, al que ofrendan cuerpo y alma, mente y corazón. Le ofrendan todo del mejor modo posible con el noble estilo de los hijos de Dios.

Pero quiso que María, Madre de Dios, fuera también Madre del Opus Dei. Como en él nunca tuvieron lugar las medias tintas, entendió lo de Madre en sentido propio.

El secreto de su extensión, ¿no será la respuesta de la Madre y su precio por haberla querido en el corazón del Opus Dei?

El cristiano en el mundo (Gustave Thibon)

Gustave Thibon, Filósofo
Artículo publicado en LE FIGARO
París, 25–VI–76

Hace ahora un año que Monseñor Escrivá de Balaguer, fun­dador y animador espiritual del Opus Dei, nos ha dejado. Yo par­ticipaba en un coloquio en un centro de la Obra en el momento en que nos llegaba la noticia de su muerte, y en la calidad de la emoción de los asistentes -hay actitudes, palabras y miradas que no engañan, a través de las cuales el cuerpo traduce el secreto del alma-, yo adiviné como en un relámpago la profunda influencia ejercida por este hombre en sus discípulos.

No se puede albergar ninguna duda por lo que se refiere a la influencia del fundador del Opus Dei. Yo no pertenezco al Opus Dei y, por tanto, no «barro para casa». Sin embargo, testigo impar­cial de una obra de la que he oído decir lo peor y lo mejor, puedo afirmar que en todos los contactos que he tenido con sus socios jamás he sentido esa atmósfera de encerramiento y esa dificultad indefinible en la respiración que caracteriza a una secta o a un par­tido. He encontrado por todas partes el mismo clima en el que el orden hace brotar la convergencia de las libertades. en el que la unidad de fin respeta la diversidad de caminos. en el que la disciplina se inspira desde dentro, más que se impone desde fuera. En resu­men, en el límite ideal, una sociedad en la que, según la fórmula admirable de Bosuet, «todo el mundo obedece sin que nadie mande».

El principio que domina la espiritualidad de Monseñor Escrivá de Balaguer se resume en esto: presencia del cristiano en el mundo temporal, santificación del trabajo y, por encima de todo, del tra­bajo profesional. Lo que implica el rechazo de la dicotomía tra­dicional entre la acción y la oración, lo profano y lo sagrado. La frontera entre estos dos mundos no está en el objeto de nuestros sentimientos y de nuestros actos: pasa por el interior de nuestras almas. Se pueden santificar las cosas llamadas profanas, aplicán­dose a ellas con amor; se pueden también, ¡desgraciadamente!, profanar las cosas sagradas, mezclándolas con nuestra mediocridad y con nuestra bajeza, como hacen tantos «devotos» separados del mundo pero encerrados en sí mismos. Todo es puro para los puros; todo es impuro para los impuros.

Sería escandaloso que las actividades que ocupan la tercera par­te de la vida de los hombres escaparan al mandamiento que nos empuja a «ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto».